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Con
las musas de acompañantes, esta ruta de sugerente nombre
atraviesa de lleno los espacio de los poetas. Toda la ciudad
es un escenario para la lírica, pero el itinerario
propuesto esta lleno de referencias y encontronazos rimados
que más de uno gustará descubrir con un libro
bajo el brazo. Para empezar, la plaza de San Esteban y la
iglesia de San Juan de Rabanera volverán a dar la entrada
al viajero, que iniciará el camino hacia el Castillo
a través de la nobiliaria y blasonada calle de los
caballeros. En plena ascensión hacia un mirador verde
asomado a la ciudad u al Duero, encontrará a su paso
una iglesia con cabecera del siglo XVI y un olmo viejo en
su puerta, hendido por el verso machadiano. Es el Espino,
el alto Espino donde está su tierra.
Muy cerca, una colina verde escruta Soria. De noche, las luces
de la ciudad chiquita le dan desde allí sus pespuntes
eléctricos a las calles, en tanto que una oscuridad
habitada cose arriba su apretura de alfileres. La luna está
subiendo / amoratada, jadeante y llena... y hasta El Castillo
, mirador entre el cielo y la tierra, sube el latido de la
ciudad nueva y antigua, los tejados y las plazas, los conventos,
las iglesias... El río, Don Gerardo Diego, sigue asomando
por las puertas de templarios. Arriba quedan los restos de
la Torre del Homenaje, un aljibe, las murallas... El Castillo
continua guerrero y arruinado sobre el Duero.
El paseo por la colina convertida en parque será con
nieve o con sol, de hojas verdes o secas, de invierno recogido
o verano travieso... pero siempre hermoso de caminos y vistas
a los cuatro puntos cardinales. Al bajar, continuando por
la carretera que los niños llaman de las siete cuervas,
el río devuelve reflejos de una roca, una ermita y
un paseo. Es la ribera a la que Machado homenajeó y
echó de menos una y mil veces en sus versos, el Duero
al que Gerardo Diego acompaña en su eterna estrofa
de agua.... Si le gusta andar, el consejo es que deje el coche
y se interne, a través de los puentes del soto playa,
en una ruta –otra vez- de la literatura condensada.
Nada más entrar en la carretera que conducirá
a la ermita del patrón de Soria, el Monasterio Templario
de San Polo coloca el primer mojón en el paseo. Aquí
se inspiró Bécquer para su leyenda Rayo de Luna,
mientras los cominos y el río esperarían versos
que podrá leer en diversas placas al llegar a la ermita.
Dele gusto a la sensibilidad. No le molestará mucho
guardar el plano en alguno de los libros de los tres poetas
mientras va arribando a un templo anclado sobre el agua.
San Saturio es la ermita donde bajan los sorianos a poner
una vela. Son muchos los que dicen no creer en cosas de santos
y tenerle verdadera devoción anacoreta de busto negro,
al que leyenda convierte en hijo de noble visigodo que decidió
renunciar al mundo para vivir en una cueva junto al río.
El templo, levantado sobre roca en el siglo XVIII, es de planta
octogonal y regala al duero uno de los reflejos más
maravillosos de la ciudad castellana. Su interior cuenta la
vida y milagros de un santo que intercedió -así
lo narra una ventana- por un niño que calló
desde ella y salió (mire la altura es más que
considerable) totalmente ileso. Quizá el viajero se
atreva a buscar alfileres en la pequeña talla de la
Virgen de su interior, donde la novias colocan los suyos y
dicen que, “si lo encuentras, hay boda asegurada”.
Quizá prefiera no hacerlo y descender, con el olor
a velas pegado aun en la pituitaria, por la escalinata de
piedra al pie de la Sierra Santa Ana. El camino nos reserva
uno de los monumentos más originales del románico
español y de los más visitados de Castilla y
León: los Arcos de San Juan de Duero.
Del antiguo Convento Hospitalario de San Juan de Acre, solo
queda en pie una iglesia del siglo XII y un magnífico
arco de influencias mixtas a la orilla del Duero. Románico,
mudéjar y sículo árabe se dan la mano
en sus arcos, que suman a su belleza la característica
de ser diferentes entre sí. De este modo, el conjunto
se traduce en cuatro arquerías de distinto orden, que
sorprenderán al viajero por el entrelazado y los capiteles
esculpidos con las fantasías del medievo. Si lo tiene
a mano, lea el poema que Gerardo Diego dedico a lo Arcos .
Si lo prefiere concédase una nota legendaria de la
mano de Bécquer antes de tomar la carretera, traspasar
el puente de piedra y llegar, al pie del cerro que llaman
del Mirón, a la Concatedral de San Pedro. De fachada
plateresca y monumento Nacional, la Colegiata que comparte
diócesis con la Catedral de El Burgo fue edificada
sobre una iglesia románica del siglo XII. De ella conserva
el claustro primitivo, en el que, a pesar de las mutilaciones,
late corazón del más puro románico.
Y levante la vista y el paseo, el Mirón le hace guiños
al Castillo. Son los dos observatorios (altos senos de amor
diría Gerardo Diego) en los que, escritos con cien
versos, pasean, toman el sol y se besan los sorianos. Suba.
El camino hasta la ermita, puede hacerlo en coche tomando
la Carretera de Logroño, eso sí, mejor hágalo
andando. Vallase a saludar a los Cuatro Vientos, la curva
de ballesta, la Soria sucedida. Los restos de la antigua muralla,
adosados a la ermita, se prolongan hasta el Duero. Tome asiento
en los bancos y póngase cómodo y mirón.
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| Iglesia
del Espino |
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| Monasterio
de San Polo |
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| Arcos
de San Juan de Duero |
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| Ermita
de San Saturio |
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| Claustro
de San Pedro |
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| Ermita
del Mirón |
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